El choque entre la Azul y la Argentina de Diego en el Mundial 1982

Esta es una reconstrucción que hizo EL GRÁFICO sobre el choque entre El Salvador y Argentina, de Diego Maradona, con motivo del aniversario de dicho cotejo en 2006.

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El choque entre la Azul y la Argentina de Diego en el Mundial 1982

El choque entre la Azul y la Argentina de Diego en el Mundial 1982

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El último partido de El Salvador en España 1982 fue ante la entonces campeona del mundo, la Argentina de Maradona, a la que detuvo con juego fuerte y garra.

En 1982, los argentinos hinchaban su pecho albiceleste cuando se hablaba de su selección de fútbol. Eran los campeones del mundo, “los mejores del universo, che”, después del título que habían ganado en Buenos Aires en 1978, tras vencer a “la naranja mecánica” de Holanda. Para España 1982, querían el bicampeonato.

“La sele” era un motivo de orgullo nacional, un trofeo colectivo, un sentimiento de gloria. Era sobre todo una luz de alegría, de escape si se quiere, en medio de una gris realidad: el país sufría el oscuro episodio de la Guerra de las Malvinas, el desequilibrado enfrentamiento entre Argentina e Inglaterra, que había estallado en abril de ese 1982 (ver nota).

La albiceleste, dirigida por el técnico campeón mundial César Luis Menotti, no quedó al margen del conflicto. El guardameta Ubaldo Fillol, quien ahora trabaja con las selecciones juveniles argentinas y con los arqueros de la selección mayor, recordó esos amargos momentos en plática con EL GRÁFICO, en Buenos Aires.

“Cuando salimos de Argentina, en mayo, nuestro país estaba en guerra. Inglaterra amenazaba con atacar el continente. Era un momento crucial y tuvimos que viajar a España con esa angustia. Yo ya estaba casado. Sabíamos que nuestro avión iba a agarrar una ruta que no debía saber nadie, porque podíamos correr riesgo en el aire (de un ataque británico). La ruta fue secreta; una experiencia fea y de mucha angustia”, relata “el Pato”.

“No es excusa, pero a ese Mundial llegamos mal por la guerra. Y estando en España, vemos por televisión cuando Argentina se está rindiendo, en Las Malvinas”, rememora Fillol. Advierte que no fue una excusa, pero ese 13 de junio, el día de la rendición armamentista en su país, la campeona del mundo debutó en España 82... con derrota de 1-0 ante Bélgica.

“Es que la rendición fue un golpe terrible para todos nosotros. Llegamos mal, muy mal a ese Mundial. No lo marco como una excusa, pero sí como una anécdota dura”, aclara Fillol.

El lateral zurdo de esa selección che, Alberto Tarantini, comenta que “lo único que queríamos era traerle una alegría a la gente, ya que cuando salimos Argentina estaba en guerra”. Lamentablemente, el esfuerzo del melenudo carrilero del River Plate y del resto de sus compañeros no alcanzó y cayeron ante los “diablos rojos”, entonces subcampeones de Europa.

La caída en el debut ante Bélgica mansilló el orgullo gaucho. Una lluvia de críticas enlodó el ánimo de la selección. “Nos faltó grandeza”, acribillaba “Clarín” tras la derrota. “Grandeza para ganar o perder con el fútbol en que se creía”, señalaba, ante el letargo en que cayeron los albicelestes frente a una Bélgica defensiva.

Fillol reflexiona hoy y explica la increíble desazón que ensombreció al país tras ese impensado 0-1.

“Veníamos de ser campeones por primera vez en la historia, y claro, cuando aparece (Diego) Maradona en todo su esplendor, todos hicieron una lectura simple: somos campeones del mundo, los mejores hoy, y con el agregado de Maradona se incrementa ese potencial.”

Sencillamente, el argentino promedio no comprendía cómo la suma entre la heroica base de 1978 y los talentosos juveniles campeones del mundo en Japón 1979, con Maradona como genio de excepción, no resultaba en un equipo poderoso, invencible y avasallador.

Los “herederos” de 1978 que formaban la base de la Argentina eran Fillol en el arco; Luis Galván y Daniel Passarella como zagueros centrales; Alberto Tarantini y Jorge Olguín por las bandas zurda y diestra, respectivamente; Américo Gallego y Osvaldo Ardiles como volantes mixtos; y Daniel Bertoni más Mario “Matador” Kempes en el ataque.

A ellos se sumaron cuatro joyas del equipo sub 20 campeón de 1979: Gabriel Calderón, Juan Barbas, Ramón Díaz y nada menos que Diego Maradona, quien acababa de pasar del Boca Júniors al Barcelona español y estaba considerado como el mejor jugador del mundo.

“Argentina llegó (al Mundial de España 1982) con un equipo realmente poderoso que tendría que haber llegado a la final”, analiza hoy Alberto Tarantini, tras pedir un café negro con galletitas.

“Menotti juntó las dos camadas y después tuvimos un Mundial en el que pensábamos que podíamos ganar, pero no se puede ganar nada más con ese título del 78”, comenta hoy Daniel Bertoni, ex figura y técnico del Independiente, mientras toma un café con EL GRÁFICO en San Isidro, Buenos Aires.

“Había optimismo en Argentina, entre la prensa y la gente. Aunque nosotros teníamos los pies sobre la tierra, igualmente, con la incorporación de Maradona, éramos optimistas”, agrega Fillol.

De nada sirvió todo ese optimismo ante Bélgica y Argentina cayó en una olla de presión. Estaba obligada a limpiar la cara en el juego siguiente, contra Hungría. Por eso, cuando los magiares enfrentaron a El Salvador dos días después, el 15 de junio, la mayoría de los jugadores argentinos se clavaron en los televisores para analizar a los dos rivales pendientes en su grupo, el tres. Lo que vieron fue histórico.

La paliza

Hungría devastó a El Salvador por 10-1 en Elche. Una goliza histórica y, hasta hoy, no superada. Los argentinos, instalados en un lujoso Hotel en Villajoyosa, Alicante, tuvieron una reacción fría: no se escandalizaron ni ante la producción ofensiva de los magiares ni ante la debilidad defensiva de los centroamericanos.

El técnico Menotti, que había viajado los 56 kilómetros que separan Villajoyosa de Elche para observar en vivo el juego, dijo: “Fue un partido demasiado fácil. No se puede medir la resistencia de los salvadoreños. Son muy inocentes en defensa”.

Resultó que a los húngaros esa goleada les jugó en contra, porque Argentina le salió con todo el 18 de junio y, con el fútbol brillante que todos añoraban, se impuso por un clarísimo 4-1.

Todo el país sudamericano respiró con calma. La clasificación estaba prácticamente asegurada. “La sele” sólo tenía que derrotar el 23 de junio a su último rival del grupo, El Salvador. Al débil, goleado, inofensivo y desgarrado El Salvador.

Así lo veía la afición. Así lo veían los medios informativos albicelestes. Y así llegaron a oídos de los jugadores salvadoreños los ecos de la súper confianza de los argentinos, la cual, por arrogante, cruzaba la línea del insulto.

Heridos en su orgullo, los cuscatlecos exhibieron su mejor fútbol en la historia de los mundiales el 19 de junio, cuando apenas cayeron por la mínima ante Bélgica. Aunque perdieron por 1-0, el resultado fue un bálsamo para los blanquiazules, mientras que para los europeos fue considerado casi como una derrota.

El 22 de junio, belgas y húngaros igualaron 1-1. Los “diablos rojos” acumularon cinco puntos con ese empate, mientras los magiares se estancaron en tres, aunque con un abismal +6 en su gol diferencia gracias a la paliza a los azules. Ojo: en ese Mundial, la FIFA daba dos puntos por gane, uno por empate y cero por derrota.

A Argentina, con dos puntos, no le quedaba otra más que ganar o ganar ante El Salvador aquél 23 de junio de 1982. Si perdía o empataba, se quedaba fuera en primera ronda. Un oprobio gigante para el campeón del mundo de 1978.

Quizá para calentar aún más el ambiente previo al partido entre ches y cuscatlecos, los medios siguieron esparciendo la especie de que los albicelestes veían de menos a los centroamericanos.

La arrogancia

En una nota previa al encuentro, un enviado especial de “Clarín” publicaba: “Aquí se ‘verseó’ demasiado sobre una presunta subestimación de los argentinos sobre los salvadoreños, que damos fe no existió nunca. Lo que provocó contestaciones, siempre a nivel periodístico, de los jugadores de El Salvador. El técnico (salvadoreño) Mauricio Rodríguez se encargó de desechar los infundios”.

Tarantini, en plática con EL GRÁFICO, acepta que sí existía cierto grado de confianza extra. “Tras ese cachetazo que había recibido El Salvador, estábamos totalmente confiados de que íbamos a ganar, y que podía ser fácil”, explica.

“Cuando vimos el juego en la concentración (en Villajoyosa) pensamos que después de ese resultado (el 10-1) estábamos más tranquilos. Pero Menotti nos dijo que no iba a ser lo mismo, que sinceramente había que tomarlo como lo que era, un partido en un Mundial, y hacerlo con toda seriedad”, aclara Tarantini.

Bertoni explica ahora que “para nada” existió un exceso de confianza en el plantel argentino. “Por confianza nos había sucedido lo de Bélgica. El 10-1 que habían anotado los húngaros no interesaba. Sabíamos que sería difícil y que El Salvador no iba a regalar nada, porque se había comido 10 goles y con nosotros no iba a querer perder por goleada”.

El delantero, entonces enrolado en el Fiorentina de Italia, agrega que: “por algo El Salvador había llegado al Mundial: porque tenía buenos jugadores. No los subestimamos. Por eso salimos seriamente, como si fuera una final, porque si empatábamos o perdíamos quedábamos fuera”.

Tan en serio se tomaron este juego los argentinos, que su arquero, Ubaldo Fillol, recuerda ahora que “ese partido en lugar de jugarlo con dos ojos lo jugué con cuatro, porque había pasado lo de Bélgica y ya estábamos curados de espanto”.

“El Pato” narra que para ese encuentro con El Salvador “nosotros ya estábamos heridos. No queríamos más sorpresas. No nos queríamos confiar en absoluto. Por historia sabíamos que El Salvador era un equipo accesible, pero en el fútbol y en los mundiales siempre hay sorpresas, y no queríamos ser sorprendidos, porque un descuido más de nuestra parte significaba perder o empatar con El Salvador, y eso significaba no clasificar”.

¿Los argentinos vieron de menos a los salvadoreños, entonces? ¿Sí o no? “Maradona dijo que si Hungría nos había metido 10, ellos podían meternos 12”, recuerda hoy Jaime Rodríguez, caudillo de la zaga cuscatleca en ese Mundial.

Lo cierto es que los centroamericanos estaban molestos por el aparente “agrandamiento” de los rivales, como lo prueban declaraciones vertidas por Jorge “el Mágico” González al diario “Clarín”.

Habla “el mago” González

“A nosotros nos molestó mucho leer declaraciones de los argentinos refiriéndose peyorativamente sobre nuestro fútbol. En principio, estas manifestaciones las dimos por ciertas y reaccionamos de una manera natural. Pero después nos dijeron que eran inventos y además vimos reportajes televisivos donde los “ches” desmentían estas palabras hirientes hacia nosotros y nos calmamos. Esa es la verdad”, explicaba “el Mago”, quien era descrito por ese medio argentino como “un delantero hábil, pícaro, encarador. El único atacante con posibilidades reales que exhibieron los centroamericanos en sus experiencias mundialistas”.

“El Mágico” González era el jugador referente de El Salvador, y prácticamente el único elemento que despertaba algún resquemor en Menotti y sus muchachos.

“ ‘El Flaco’ (Menotti) nos habló mucho de él. Que era un jugador distinto, desequilibrante. César es un técnico que no manda marca hombre a hombre, pero dio la orden de que lo marcáramos en la zona donde anduviera, que no lo descuidáramos”, trae a cuenta Fillol sobre González.

Para el plantel argentino, según Fillol, González “era el jugador destacado, reconocido. Tuvo un buen campeonato, era un jugador maravilloso”.

Valga aclarar que González jugaba en ese entonces en el FAS de Santa Ana y que no había exhibido su fútbol en otra liga del mundo que no fuera la de El Salvador. Sin embargo, Menotti sabía todo de él. “Teníamos al mejor técnico del mundo, el más informado, el más capaz”, dice hoy con orgullo Fillol.

“Él tenía toda la información que podás imaginar, de todos los equipos del mundo. Pero Menotti tiene una particularidad: le da más importancia a su equipo que al rival. Él nos decía que si hacíamos lo que él nos pedía y lo que sabíamos hacer, no íbamos a tener problemas, pero teníamos que funcionar a pleno. El Salvador era una selección muy respetada, y aunque venían ya eliminados iban por la gloria, a poder despedirse bien y ganarle al campeón del mundo”, rememora Fillol.

En cambio, los salvadoreños no tenían mayor información sobre sus rivales. En el caso de Bélgica y Hungría, los datos equivalían a cero; en cuanto a Argentina, sólo manejaban los ecos del Mundial de 1978, según explican hoy Jorge Rodríguez y Norberto “Pájaro” Huezo. “No vimos ni un vídeo”, comenta “Chelona”.

En el campamento salvadoreño había reverdecido el optimismo tras la aceptable presentación ante Bélgica. “Si pudiéramos, el objetivo es ganar”, decía “el Mago” González a los medios argentinos antes del último encuentro de ese grupo tres. “Sabemos que es muy difícil, más viendo cómo (los de Menotti) derrotaron fácilmente a Hungría, pero igual trataremos de cumplir un papel decoroso y de despedirnos con una imagen distinta a la que dejamos tras la caída con los húngaros.”

El periodista argentino que conversaba con González, enviado por “Clarín”, lanzó una interrogante con efecto: “Se menciona con insistencia que impondrán fútbol violento...”. Jorge no gambeteó y fue de frente: “Por favor, desmiéntelo. Vamos a jugar fuerte. Porque así entendemos el fútbol, pero nada más. Fuerte como juegan todos, por otra parte.”

El Salvador iba a salir a guardarse. A pegar y guardarse. Eso esperaban los sudamericanos, y por eso “hay que meter con seriedad, con fuerza”, decía Jorge Olguín al periódico argentino. “Dijimos que para retener el título debemos ganarles a todos y para nosotros tiene la misma importancia El Salvador que Brasil, aunque existan diferencias de categorías.”

Mas la afición argentina no quería saber de otra cosa que no fuera una goleada. Si Hungría había metido 10, los chicos de Menotti debían meter 20. “Jugando bien es posible golear a cualquiera”, decía entonces Olguín. “A Hungría le pudimos marcar seis o siete goles. Si alcanzamos el mismo nivel, no sería imposible marcarle varios a los salvadoreños. Esa es la verdad”, sentenciaba el lateral diestro.

Aunque los albicelestes no llegaban en plenitud de forma al partido. Como lo detallaba Clarín, “Tarantini (está) con una pequeña molestia en su rodilla derecha; Maradona con molestis en su pierna derecha (‘cansancio muscular’), Gallego con un golpe con distensión cerca de la rodilla izquierda; Kempes con una pequeña entorsis en el tobillo izquierdo; Bertoni con leve distensión en el muslo derecho”.

El diario argentino aclaraba que, aún con esos golpes, todos los ches querían jugar. “Cuando preguntamos (con cierta ironía) si tanto entusiasmo tenía que ver con que el rival de turno es El Salvador, recibimos miradas duras como respuesta. Bromas al margen, las ganas que tienen todos de jugar son el síntoma de la convicción del grupo más allá del valor del adversario.” Plato servido. En caliente.

EL PARTIDO

Estadio José Rico Pérez, Alicante. 32 mil 500 espectadores. 23 de junio de 1982. Argentina, campeona del mundo, se juega la vida ante la débil selección de El Salvador. Un empate o una (impensable) derrota deja fuera del Mundial a Maradona y Cía.

El Salvador no juega y no deja jugar. Se para con cuatro al fondo y hasta cinco al medio, con sólo Jorge González buscando algún balonazo perdido en el ataque. Jorge “Chelona” Rodríguez ejerce marca personal sobre Diego Maradona durante todo el partido, en operación mozote.

Las continuas faltas sobre los argentinos cortan el ritmo del juego, los salvadoreños queman minutos... todo para evitar otra goleada.

Los albicelestes llegan y llegan, pero no hay gol. Al minuto cinco, Ardiles recibe dentro del área y dispara, pero no puede con la tapada de Guevara Mora; el balón queda suelto y lo prende “el Matador” Kempes, pero revira en el travesaño. En la siguiente jugada, Passarella cobra con fuerza un tiro libre, el guardameta cuscatleco reacciona y salva su valla.

Llega el minuto 12 y otra falta de Rodríguez sobre Maradona. El defensa salvadoreño le da la mano para ayudarle a levantarse, pero Diego no la acepta. Luce molesto. Al 13’, Kempes entra por izquierda y saca un tiro-centro que despeja Guevara Mora.

Argentina sigue siendo mejor. El Salvador apenas reacciona al minuto 18, en una jugada del “Mandingo” Rivas por derecha a pase del “Mago” González, pero aunque enfrenta mano a mano al arquero “Pato” Fillol, la jugada es inválida, pues hay fuera de lugar del ariete azul.

Hasta que el muro salvadoreño se quiebra, al minuto 21. Olguín corre de derecha al centro y mete un pase filtrado para Calderón, quien es derribado dentro del área por el zaga cuscatleco Francisco Jovel. El árbitro ecuatoriano, Luis Barranco, pita penalti.

Es como una pedrada a un panal de avispas. Los salvadoreños se abalanzan sobre Barranco y se deshacen en reclamos, incluso le dan algunos empujones y manotazos al silbante, pues a su juicio, Jovel había ido a la pelota. Los argentinos sólo observan de lejos, sorprendidos, a sus airados rivales. Barranco amonesta a Osorto para calmar los ánimos.

Passarella cobra el tiro de 12 pasos con un zurdazo potente al medio. Si Guevara Mora no se hubiera lanzado a su izquierda antes, habría atajado el disparo.

Los argentinos siguen atacando. Quieren golear. No ser menos que Hungría. Que Maradona no quede mal.

Bertoni cobra un tiro libre por derecha al minuto 25, y Maradona se anticipa a los defensas para prenderla de zurda, pero su intento se va abierto por el segundo palo.

Entonces, una acción polémica. Olguín ya le había cometido falta a Ramírez Zapata al 14, cuando le machacó su pie de apoyo. Y al 26, cuando el argentino intenta cubrir la bola, el salvadoreño lo marca y le da un codazo al pómulo derecho.

Olguín cae al césped, sangrando. Barranco amonesta a Ramírez Zapata. El público aplaude al minuto 30, cuando el argentino vuelve al partido con una gasa en su herida; y se asusta con el planchazo que intenta meterle al salvadoreño un minuto después. También ve amarilla.

Y volver a empezar. Argentina machaca. Cabecea Passarella, dispara Ardiles, lo intenta Kempes. Nada.

Entre la tormeta celeste y blanco, aparece un rayito azul, al minuto 44. Es Jorge González. “El Mago” arrastra la bola desde su medio campo, se acerca al área rival, amaga un disparo y así se quita a Passarella, pero cuando ya está por pisar la media luna, lo baja con falta Américo “el Tolo” Gallego, quien recibe tarjeta amarilla.

Es tiro libre para El Salvador. El mismo González lo cobra. Estrella su primer intento en la barrera de cinco hombres, vuelve a pegarle y choca en Tarantini; el balón le queda a Ventura, quien abre por derecha porque González ya está ahí; otra travesura-gambeta y la bola regresa a Ventura, quien mete un pase para Norberto “Pajarito” Huezo, y éste, justo al recibir el balón, de espaldas al marco, sufre una falta por detrás de Ardiles, quien logra desarmarlo.

Parece penalti. Los salvadoreños lo exigen. Huezo sigue en el piso, adolorido. Barrancos no decreta la pena máxima. “El Pajarito”, con una sonrisa irónica, se levanta y trota. Fillol respira.

Maradona despierta y arranca en velocidad desde el medio terreno, pero Recinos lo “foulea”. Amonestación para el salvadoreño. Y termina el primer tiempo.

El complemento inicia distinto. Porque aunque Argentina sigue dominando, El Salvador tiene más control y calma. Incluso, al 51, mientras los azules pasean la bola con criterio, Gallego corta el circuito con la mano. Y no lo amonestan.

Los gauchos no encuentran por dónde, pero cuentan con un arma letal: la riqueza técnica individual de sus delanteros. Y al minuto 53, Bertoni lo demuestra.

El ariete del Fiorentina toma un balón por derecha, lo lleva al área rival ante la marca de Recinos, deja a Ramírez Zapata y cuando está por salirle el líbero Paco Jovel, dispara de zurda al segundo palo, con efecto; Guevara Mora reacciona tarde, el tiro va muy ajustado y entra.

Bertoni recuerda hoy ese gol como “el más lindo de los cuatro que hice en los mundiales. En el 82 le hice dos a Hungría, pero ese a El Salvador fue mejor, un zurdazo combado, imposible para el meta”.

De vuelta al partido. Es temprano en el segundo tiempo y la afición de Alicante se relame de gusto. El campeón del mundo ya tiene a los salvadoreños donde quería y va a golearlos. Seguro.

Argentina lo intenta, pero no puede. Maradona asusta con dos tiros libres al ángulo, desviados por poco; sigue probando Passarella y sigue fallando Olguín. Guevara Mora se agiganta.

El técnico Menotti ya se sabe clasificado, pero necesita un triunfo con más categoría. Saca a Bertoni y envía a Ramón Díaz, del Inter de Milán, al minuto 67.

Al 76, Maradona golpea sin intención el cuello de Ventura, quien no se recupera y sale en camilla. El astro argentino le pide disculpas reiteradamente. Ventura luce adolorido, pero su desgracia le sirve a El Salvador para enfriar el ritmo. Ingresa de cambio Mauricio “el Tuco” Alfaro por el “lesionado”... quien, en realidad, usó esta estratagema para abandonar el campo con algo de dignidad, porque, en realidad, su físico ya estaba a cero para continuar.

El otro “rayito azul” en todo el juego llega al 81. “La Ardilla” Arévalo comienza una avanzada por derecha que no parece peligrosa, pero avanza, se quita a Tarantini y, ya cerca del área rival, saca un zapatazo de derecha; Fillol salva, complicado.

Argentina responde con furia, pero sin pulso. Al minuto 90, “el Pelado” Díaz cede a Diego en el área cuscatleca, pero Guevara Mora se la quita de las piernas.

El partido ya está frío. El 2-0 clasifica a la Argentina y no lastima la dignidad de El Salvador. Cuando Barranco pita el final, aún cuando en la cancha hubo roces y jugadas fuertes, ambos oncenos se van a los camerinos entre saludos...

Don’t cry for me...

Los jugadores gauchos se deshicieron en reclamos y críticas sobre los salvadoreños al salir del estadio de Alicante.

Les habían pegado mucho y se habían frenado durante el partido por miedo a que las amonestaciones los afectaran en la siguiente fase, en la que, como segundos del grupo, les tocaría nada menos que contra dos gigantes: Italia y Brasil.

Olguín, a quien le aplicaron cuatro puntos de sutura en su pómulo por el codazo del “Pelé” Zapata, estaba hecho una rabia. “Ese Ramírez Zapata me pudo haber sacado el ojo. Cuando me levanté lo buscaba para matarlo, pero los gritos de Passarella y Gallego me calmaron.”

Bertoni era otro de los más llenos de bilis. “Como actuaron los salvadoreños es imposible jugar. No salieron a defender, sino a destruir. Tratamos de tocar la pelota, rotar, hacer lo mismo que contra Hungría, pero nos cortaron siempre con ‘foul’ cualquier intento y nos imposibilitó la idea de jugar que teníamos. El árbitro fue culpable, porque no supo parar la violencia”, opinó el atacante.

Las quejas de Bertoni se extendieron. “Yo recibí muchos golpes. Sobre todo una plancha (muestra un pronunciado corte en la pantorrilla derecha), que si me hubiera agarrado bien, me parte en dos. Pensé en reaccionar, pero me contuve. Además, yo tenía una amarilla del partido con Bélgica y podía quedarme afuera contra Italia”, explicó a “Clarín”.

Passarella opinó que “los salvadoreños tendrían que haber quedado con cinco o seis tipos dentro de la cancha. Los otros se merecían la tarjeta roja sin dudas. Ese árbitro fue un desastre. De esa forma nos complicó a nosotros porque el juego se hizo muy cortado, no se podía crear una sola jugada porque te tiraban a matar”.

No sólo había molestia, sino también sorpresa. Ardiles no comprendía la actitud de los cuscatlecos. “No los entiendo, trataban de ponernos nerviosos, como si nosotros fuéramos jugadores aficionados. La verdad es que unas cuantas veces tuvimos ganas de replicarles, pero el temor a las tarjetas amarillas o expulsiones se impuso”, recriminó el volante.

“Menos mal que estos partidos no se van a repetir de aquí en adelante, ya que en la segunda serie los equipos tienen la intención de buscar el título, y no de desfigurar el fútbol como lo hizo El Salvador”, lanzó Tarantini.

El antifútbol

El más encabritado era César Luis Menotti. El técnico les regaló a los medios argentinos una frase de titular: “Esta fue la noche del antifútbol”, comenzó diciendo. “Me voy muy molesto por lo que hizo El Salvador. Así no se podía jugar al fútbol. Ellos ni siquiera salieron a buscar el empate, salieron a no perder por goleada y para eso usaron cualquier tipo de recursos, especialmente los ilícitos. Esto le hace mucho daño al fútbol. ¿El arbitraje? Fue tan malo que esto pudo haber terminado en una catástrofe”, agregó.

En medio de la lluvia de furia contra los salvadoreños, el presidente de la Asociación de Fútbol de Argentina (AFA), Julio Humberto Grondona, encontró un espacio para la diplomacia.

“No encuentro motivos para el juego malintencionado que mostraron. Por aquí anduvieron diciendo que estaban enojados porque algunos jugadores argentinos habían hecho declaraciones previas en las que los ‘sobraban‘. Yo he hablado con los muchachos y todos me desmintieron tal cosa”, dijo el federativo.

Aunque también metió cuña: “además, fíjese qué bien se ha portado la AFA con ellos, que cuando la selección de El Salvador vino en febrero a una gira por la Argentina, se quedaron sin plata y nosotros le prestamos unos dólares”.

Del lado salvadoreño, el 2-0 ante los campeones del mundo fue tomado como una despedida digna. Y a lo de la violencia no le dieron mucho vuelo. Basta con revisar la explicación que dio Mauricio “Pipo” Rodríguez al final del partido: “Mis jugadores tuvieron que golpear para evitar la habilidad argentina. En este Mundial nadie se queda atrás a la hora de imponer fuerza y nosotros no íbamos a ser la excepción. Una vez se puede aceptar perder por 10 goles; dos, no”.

Ya de lejos...

Los reclamos de los argentinos, calientes tras el partido, son ahora vistos en perspectiva por los protagonistas de aquel juego. Hoy, reaccionan con más mesura.

“A veces hay partidos duros y está la intención de interrumpir el juego, o de no ir a jugar sino a lastimar directamente al jugador. Pero yo no creo que El Salvador fuera así. Fue duro, pero no al punto de pegar para dañar”, comenta Tarantini.

El jugador riverplatense considera que El Salvador “hizo todo lo que tenía que hacer para no pasar por otra derrota tan abundante”.

“La Chancha” Bertoni piensa hoy que El Salvador “fue fuerte, pero leal. En ningún momento hubo mala intención. Fue un partido fuerte y muy varonil, porque las leyes del fútbol eran distintas a las de hoy. Es que hoy, el jugador está más protegido. Si hay una entrada muy fuerte, hay amonestación o hasta expulsión”.

Lo que sí recuerda la ex figura del Independiente es que la selección cuscatleca “se metió toda atrás, llegó muy poco al arco, mientras nosotros atacábamos y atacábamos. Tuvimos la suerte de desbloquear el juego con el penalti de Passarella, y con el mío tuvimos tranquilidad”.

Fillol opta por una frase de experiencia: “en los mundiales, todo mundo pega”, comenta sobre el tema. ¿Y a Diego, Pato? “Diego, por su habilidad, era siempre el jugador a anular, un jugador excepcional. A ese, por más que le pegaban, no lo paraban ni italianos ni salvadoreños”, dice ahora el empresario, quien tiene modernos gimnasios en Buenos Aires.

“El Salvador iba por la gloria y sus jugadores defendieron su camiseta de una manera digna”, resume ante la tesis de las patadas cuscatlecas.

La hidalguía (para algunos) o salvajismo (para otros) de los salvadoreños sólo quedó en la historia y Argentina pudo avanzar a la siguiente fase. Ahí, se encontró con la poderosa selección brasileña, que contaba con Falcao, Zico y Sócrates; y con la Italia de Rossi, Conti y Zoff.

Argentina perdió ante ambas selecciones y salió por la puerta de atrás entre lágrimas y reproches. La misión más importante de ese grupo albiceleste era darle una alegría al pueblo argentino golpeado por Las Malvinas, pero falló a la hora buena. Algunos dijeron: lo que mal inicia (por la derrota ante Bélgica) mal acaba.

Algunos jugadores de esta camada, como Diego Maradona, esperaron cuatro años y lograron la más alta gloria futbolística en México 1986, al ganar la Copa del Mundo. Los salvadoreños de esa generación, en cambio, vivieron años de ignominia a su regreso a suelo cuscatleco. Y su fútbol sigue esperando su revancha en la gran vitrina de un Mundial. 

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