Caos organizativo, filas eternas bajo el sol ardiente, un estadio inseguro, gritos, insultos y una hora de demora para jugar dieron forma a un cóctel que obligó a Federer a valerse de todo su carisma para salvar la exhibición ganada 3-6, 6-3 y 6-4 por el argentino Juan Martín del Potro. "Me sentí como en una cancha de fútbol", dijo el hombre al que muchos consideran el mejor de todos los tiempos.

Así, ya al filo de la medianoche, Federer salvaba con una sonrisa amplia y un comentario inteligentemente ambiguo un miércoles que no olvidará. Muchas cosas salieron mal en la noche de la primera presentación en Argentina del siete veces campeón de Wimbledon. Dio la impresión de que la ambición se le fue de las manos a los organizadores durante horas de desorden y tensión en las que fue una fortuna para ellos que Federer no entienda castellano.

Porque alguien le habrá explicado que el partido con Del Potro empezó una hora tarde debido a un tablón del estadio de hierro y madera que cedió con varias personas sentadas sobre él. Los espectadores ubicados allí huyeron presurosos de sus asientos para saturar las filas inferiores en un repleto estadio para 20.000 espectadores. Así, las condiciones de seguridad no estaban dadas.

Quizás en otras circunstancias el partido se hubiese suspendido, porque a la precariedad del estadio se le sumó el enojo de muchos espectadores, tumultos y gritos en las tribunas y accesos y un Jorge Rial -conocido presentador de chimentos de la televisión argentina- al borde de un ataque de nervios por su incapacidad para manejar la situación y la lluvia de insultos que cayó sobre él. Pero es probable que nadie le haya explicado a Federer las razones de los masivos insultos a grito pelado 20 minutos antes de que pisara la cancha. El destinatario era un polémico juez federal, Norberto Oyarbide, que abandonó el escenario de la exhibición antes del final.

Los espectadores, que pagaron entre 150 y 400 dólares por sus entradas, tenían razones para estar alterados. Habían necesitado horas para llegar con sus automóviles, encontrar un aparcamiento e ingresar al estadio tras una prolongada espera bajo el fuerte sol. El olor de los baños químicos no componía un escenario precisamente agradable, aunque en el sector frontal del estadio una multitud pululaba eufórica por los stands promocionales.

El aperitivo entre los veteranos Guillermo Vilas y José Luis Clerc -ganado 6-2 y 6-1 por el segundo- comenzó ya con media hora de retraso. Tras una espera de media hora se anunció el ingreso de Del Potro, pero entonces el tablón cedió, el descontrol creció y todo se volvió cada vez más extraño. Por las pantallas -pequeñas y de mala definición del estadio- se sucedían videos de Diego Maradona, Gabriela Sabatini o Emanuel Ginóbili, pero sobre todo del omnipresente intendente (alcalde) de Tigre, Sergio Massa, que el día anterior había hecho esperar una hora al suizo para el inicio de su conferencia de prensa.

Esta vez Massa no podía llegar tarde, porque los videos eran grabados: el intendente estaba lejos del caos del tenis, enfrascado en el fútbol de la final de la Copa Sudamericana que Tigre perdería en Sao Paulo. De repente los altoparlantes emitieron una versión breve del himno nacional argentino, enganchada de inmediato con "Getting over", de David Guetta. No era lo previsto, obviamente.

"Te agradezco Roger que hayas hecho tantos kilómetros para venir a la Argentina", había dicho Maradona desde uno de los videos que homenajeaban la primera gira sudamericana de Federer como profesional. Antes del caos, en el entorno del suizo había satisfacción por lo que se estaba viviendo, pese a la agobiante cena para 1.000 personas en la noche del martes, de la que el ex número uno se fue antes de lo esperado ante el acoso permanente de cazadores de fotos y autógrafos.

"Creo que Roger se debe estar preguntando por qué no vino ya hace muchos años a Sudamérica", dijo a dpa Tony Godsick, agente y mano derecha del suizo. "Esto es fantástico y muy diferente a Asia". Sólo en Argentina el jefe del Estado -la presidenta Cristina Fernández de Kirchner- invitó a Federer a su residencia (http://dpaq.de/oHdSX), pero también sólo sucede en Argentina que a un periodista se le ocurra entregarle un bebé de plástico para desafiarlo a cambiarle los pañales.

Lo mejor de Federer estuvo, como era esperable, raqueta en mano. Maravilló a los espectadores, que le declararon su amor y dejaron en claro segundo plano a Del Potro. Allí, en el rectángulo, estaba "la máquina más perfecta que se haya visto jugar al tenis", según Maradona.

Quizás por eso ni siquiera un caos organizativo a la argentina fue capaz de anular al suizo una vez que pisó su territorio. Quedó claro horas después al deslumbrar hoy bajo el fuerte sol del mediodía en la Bombonera: no sólo es un gran tenista, sino un talentoso futbolista, algo de lo que puede dar fe el ex delantero argentino Gabriel Batistuta, rival en un partido de fut-tenis en el estadio de Boca Juniors.