Las ilusiones que siempre despierta uno o dos buenos partidos de la selección nacional hace que, como aficionados, perdamos las dimensiones reales del alcance que pueden tener las metas. 
 
No recuerdo haber escuchado o leído una sola declaración de ningún jugador ni del técnico en la que se comprometieran a llegar a la final en la Copa Centroamericana y mucho menos a ganarla, como no ha ocurrido nunca. 
 
Lo que prometieron fue hacer el mayor esfuerzo, dar batalla, ser un rival digno y clasificar a la Copa Oro. 
 
¿Cumplieron con esas promesas? Me parece que sí. Y lo hicieron con creces si tomamos en cuenta todo el tiempo desperdiciado por el tema del entrenador mexicano Juan de Dios Castillo y todos los desatinos dirigenciales.
 
Con menos de un mes de preparación en tiempo real y apenas con tres juegos de fogueo contra equipos de la liga local, resulta por demás lógico que a esta nueva selección salvadoreña le hiciera falta conjunción y terminara, como ya es costumbre, recurriendo al coraje para contener a un equipo mejor dotado como la selección de Costa Rica.
 
El paso por este torneo regional creo que está dejando más cosas positivas que negativas. La principal es el cambio generacional bastante positivo en el plantel con la certeza que hay jugadores jóvenes capacitados para retomar las responsabilidades de los que han terminado su ciclo. 
 
Decir que el trabajo apenas empieza a estas alturas, cuando El Salvador recién fue eliminado de las aspiraciones mundialistas para Brasil 2014 suena absurdo. Pero así de absurdas son las cosas en el fútbol de nuestro medio.
 
El técnico Agustín Castillo logró una participación decente. Hay que esperar que su petición a los clubes para que presten a tiempo a los seleccionados sea atendida.