En menos de una semana Osael Romero pasó de ser el más querido al más odiado en San Miguel y todo porque decidió dejar el Águila y fichar por el Alianza, una decisión que duela o no a los aficionados migueleños era libre de tomar.

Lo que hizo Osael no es un pecado imperdonable, pues no es el primero ni  el último en pasar de un equipo a otro y eso se debe a que el fútbol, aún en nuestro subdesarrollado medio, es un negocio, con directivas que pueden pagar mucho dinero para contratar a profesionales que viven de lo que hacen y de ello mantienen a sus familias.

Lo mismo le pasó al Isidro Metapán con Paolo Suárez y su partida al Comunicaciones chapín, pero lo vital en estos casos de “migración de jugadores” es que a nivel deportivo los equipos no dependan de un solo hombre para funcionar en la cancha y ese debe ser el principal reto a superar por los entrenadores, quienes deben analizar si tienen en su actual plantilla a un elemento que haga lo que hacían su ex “diez”: armar el juego ofensivo, manejar los tiempos y generar identidad entre la hinchada.

Por situaciones como estas es que los periodistas insistimos en trabajar en las bases, no sólo para garantizarle un futuro a todo el fútbol nacional, sino por el bien de los equipos y del espectáculo que brindan. Si  se preocuparan por fortalecer sus reservas y crear elementos con las características que necesitan, estas salidas no generarían sorpresa, ni los aficionados reclamarían tanto, porque talento sobraría. Ya deben pensar en grande y no como equipos de barrio.
 
Perder un jugador no debería ser excusa para brillar en un torneo, si se planifica bien.